Un anillo hecho a mano pasa tres veces por el fuego y recibe cien golpes de martillo antes de tocar un dedo. Este es el recorrido completo, tal como ocurre en el banco y tal como lo hacen aquí los principiantes en una jornada de descubrimiento.
I.Fundir y colar
La plata de ley llega al banco en forma de granalla: pequeñas bolitas brillantes, 92,5 por ciento de plata y 7,5 por ciento de cobre. El cobre es lo que hace el metal lo bastante duro para llevarlo; la plata pura es demasiado blanda para sostener una forma en una mano. La granalla va a un crisol de cerámica, y el soplete la lleva más allá de los 900 °C hasta que se recoge en un charco incandescente que gira sobre sí mismo.
La colada es el momento que recuerdan los principiantes. La plata fundida se mueve deprisa, y el molde le da un segundo para decidirse. Sale un lingote: una barrita tosca y honesta que contiene entero su anillo, a la espera.
II.Forjar y laminar
El lingote es demasiado grueso para llevarlo, así que se forja. Primero se martillea a lo largo sobre el yunque para iniciar el estirado, y después se pasa una y otra vez por la laminadora, una prensa de manivela que adelgaza la barra una fracción de milímetro en cada pasada.
Trabajar el metal lo endurece. Cada pocas pasadas hay que recocer la plata: calentarla hasta un rojo cereza apagado y dejar que se relaje, o se agrieta. Ese ritmo de trabajo y descanso recorre todas las etapas de la orfebrería, y aprender a notar cuándo el metal vuelve a pedir la llama es la mitad del aprendizaje.
III.Cortar y formar
La talla de un anillo es aritmética sencilla: la circunferencia del dedo más un margen por el grosor del metal. Se corta la tira, se liman sus extremos completamente planos y luego se curva alrededor de un mandril de acero con un mazo de cuero hasta que los dos extremos se encuentran. Deben tocarse a la perfección, sin que pase luz por la junta, porque la soldadura no rellena nada. Solo une lo que ya encaja.
IV.Soldar la junta
Se pinta la junta con fundente, se coloca atravesada una lámina fina de soldadura de plata y se calienta todo el anillo de manera uniforme, nunca solo la junta. A la temperatura justa la soldadura destella y corre por la unión como el agua que encuentra una grieta. Bien hecha, la junta deja de existir: el anillo se convierte en una sola pieza continua de metal.
La soldadura no pega dos extremos. Los convence de que nunca estuvieron separados.
V.Ajustar la talla y corregir
De vuelta en el mandril, el anillo se golpea hasta quedar redondo, porque un anillo soldado siempre queda algo ovalado, y luego se estira o se comprime hasta su talla final. Un anillo bien hecho debe pasar el nudillo con un susurro de resistencia y quedarse quieto al llegar a su sitio.
VI.Limar, lijar, acabar
Las limas borran la línea de soldadura y rematan los cantos; la lija recorre granos cada vez más finos hasta que la superficie está lista para su acabado. Aquí quien lo hace elige el carácter del anillo: un pulido espejo luminoso, un cepillado satinado suave, una textura martilleada que recoge la luz en facetas, o una pátina oxidada que oscurece los huecos y deja brillar los relieves. No hay una respuesta correcta, solo la que se le parece a usted.
VII.Hacer uno usted mismo
Todo lo anterior cabe en un solo día. Es exactamente el arco de la jornada de descubrimiento del taller: llega por la mañana a un banco sin haber sostenido nunca un soplete, y sale al atardecer llevando un anillo que usted mismo ha colado, forjado, soldado y acabado. Con una semana, esas mismas manos aprenden engaste y diseño. El relato completo está en una semana al banco.